En los cuentos de hadas, sí una bella princesita besaba a una rana, ésta se convertía en un apolíneo príncipe, dado que una hada maligna lo había convertido en batracio.
Éste será el inicio de una de las peores esclavitudes de las mujeres pasadas, presentes y futuras, de las que no somos conscientes, por supuesto.
Cuando somos adolescentes ellos, todavía no son ni ranas ni príncipes, andan gastando sus energía en controlar sus hormonas e intentar adecuarse a los roles que los “hombres adultos” les inculcan, y, nosotras andamos ocupadas en pelearnos con nuestros padres, con nuestros cuerpos y, en general, con el mundo. Con lo que, lo único a lo que podemos agarrarnos es al “AMOR”. A esos tiernos e inexpertos adolescentes con exceso de revoluciones en la mente y en las hormonas.
Esos adolescentes a los que vemos como el “príncipe azul” que nos librará de los “malos”. Que nos coge tiernamente de la mano, mirándonos embobado, mientras nosotras soñamos futuros inciertos con casas maravillosas, niños guapos y educados. “El” se convierte en un ser sin defectos, amable, educado, tierno gentil, y, por supuesto, exclusivamente enamorado de nosotras.
Y, ¡Plaf! Batacazo. Te dejan. Te vacilan o simplemente pasan de ti. Y, piensas que aquél, precisamente aquél no era tu príncipe.
Transcurre la vida. Conoces más hombres, más príncipes… más batacazos, e, incluso te llegas a casar con el que tu crees es el mejor de los príncipes y, la cosa sale mal. Y vuelves a soñar despierta. Echándole la culpa a tu poca psicología, a la falta de dinero, a tu suegra o a que el “apartamentito” os ahogaba.
Eso sí, cuando te quedas sola, ya con unos añitos, tu maleta llena de experiencias. Vuelves a echar mano de tus fantasías adolescentes. Sí, sí… aquellas de las miraditas en el parque, ir cogidos de la mano, y la casita en las afueras, y la leña en el hogar, y, “El” tu príncipe ha crecido y ahora es un maduro caballero, con más sabiduría que empuje, con más galantería que energía, pero, éste, éste … todavía es una rana.
Nos pasamos toda una vida convirtiendo ranas en príncipes a base de echarle una desmesurada imaginación, mucho romanticismo y bastantes grados de miopía.
Y, cada vez que algún ser humano de sexo masculino se acerca a ti, la máquina de besar ranas se pone en marcha, y, tu ciega como un topo decides besarle hasta la extenuación, dejándote la mitad de tus anhelos, la mitad de tu ser en esa especie de mermelada pastosa y dulzona que llamas “AMOR”,para con el tiempo ¡Ah, Señor! Con el tiempo descubres que, por mucho que le beses nunca será un príncipe, “El” es una rana, sólo una rana. Es como le han hecho. Y, tú no puedes cambiarlo. Sólo te quedan dos cosas o ser también una rana o una princesa en tu castillo, en tu territorio, y, por supuesto, en el que impere la “abolición de charcas y … RANAS.